“Recuerdo nuestras noches juntos todos los días. Hace 4 años que no te veo y cada día se siente igual de vacío. Excepto este, porque puedo decirte que te amo más que a mí vida y que se ha gastado mi esperanza, ahora solo me queda amor, por ti y por Gabrielito, bésalo el doble por mí por avor. Te extraña Julián”
Este fue el
mensaje que Julián Flores escribió desde la ciudad flotante de Xing tai a su
esposa que se encontraba a 8 km de distancia, en la tierra.
Julián es una
víctima más del evento ocurrido en el año 3308: el famoso Día del abandono. Él no debió estar ahí. Su viaje de negocio ya había
terminado. Pero, debido a retrasos en los vuelos internacionales por la
construcción de un “metro subterráneo” se tuvo que quedar.
Cuando ya era tarde todo salió a la luz; el gobierno
chino no estaba construyendo un metro sino unos propulsores de plasma con la
intención de suspender en el aire a la ciudad de Xing tai,
aunque más bien se estaba extirpando, como si de un cáncer se trátese. Julián dudo
mucho en tomar ese viaje el 13 de enero del 3308, pues Xing tai era famosa por
su extrema pobreza y delincuencia a tal escala que para el gobierno no había
más tratamiento que colgarlos en el aire; después de todo, era más barato
mantener el motor de plasma funcionando que mantenerlos en tierra.
Todo el fondo público de la nueva República Independiente de Xing tai se destinaron a reparar los
daños de aquella “catástrofe artificial”: tuberías, cableados, conexión a
internet. Este año por primera vez el gobierno chino (después de mucha presión mediática)
proveyó una red satelital de comunicación gratuita en la plaza de la ciudad. Julián
se despertó con las noticias ese día, un sábado 14 de enero.
—Las protestas persisten fuera de las instalaciones de la
ONU, por otro lado, la ONU se pronunció “reprendiendo con fuerza” las acciones
del Gobierno Chino— decía el informativo.
Julián tomó el ascensor que lo lleva directamente a la
parada de buses, junto a él, se subieron dos hombres que, para cuando Julián
notó sus armas, ya lo estaban sometiendo. Robaron su teléfono y reloj, que
tenía el grabado «Propiedad de Gabriel
Flores».
Al abrirse las puertas del ascensor los criminales se
escabulleron entre los que esperaban el ascensor. Los ciudadanos asistieron a
Julián quien sentía su herida como un hierro caliente a rojo vivo en su costado.
Lo llevaron a un hospital donde lo pudieron estabilizar, pero
su sistema inmune estaba extremadamente deprimido por causa del frio, esmog y
contaminación que inundaba la atmosfera, sumado a infecciones adquiridas por la
puñalada tuvo que quedarse un mes hospitalizado. No mejoró. De todos modos, se
le dio de alta. No como un acto de misericordia sino una obligación. La norma
era expulsarlos cuando el costo de ayudarlos era muy alto.
Mientras
era escoltado a la salida por un guardia que tenía que sostenerlo de un brazo
para mantenerlo en pie, Julián notó lo que parecía ser el destino: en el
mostrador de la recepción, entre papeles y expedientes olvidados un antiguo
teléfono de teclas sin la F. No pudo evitar pensar en su esposa.
Con el pulso tembloroso y con la herida del abdomen
quemándolo, Julián fingió un tropiezo. Se apoyó en el mostrador y cerró su mano
con el aparato dentro. Lo guardo en el bolsillo de su bata. El guardia lo notó
todo. Lo dejo en la salida y se fue.
Julián
sin ayuda para caminar, pensó en escabullirse al “Puerto del abismo” donde las
personas solían saltar luego de evadir la seguridad anti-suicidios, pero recordó
que a estas horas debe estar cerrado, de todos modos, sus fuerzas no llegarían.
Caminó
en dirección a la plaza de la ciudad que, en condiciones normales, está a unos
5 minutos de distancia; Julián se tardó 30 minutos dándose varios descansos
para tomar aire y recuperar la conciencia.
Veía
personas usando su misma bata, extraños compartiendo destino y quienes no,
estaban a un mal día de terminar igual. El teléfono apenas respondía,
con débiles parpadeos. Un golpe seco lo despertó. Julián temblaba, no por el
frío, sino por el miedo a marcar un número incorrecto. Al llegar a la plaza de la ciudad pudo conectarse
al internet, escribió lo primero que sintió y antes de enviarlo su cuerpo cedió
a la descompensación y cayó fatídicamente.
Una joven
en video llamada con su familia tropezó con sus piernas y lo primero que notó
fue como las manos de Julián apuntaban al teléfono viejo, ella lo recogió y
leyó el mensaje, lo envió, luego procedió a reportarlo a las autoridades.
Julián
fue llevado de regreso al hospital donde se confirmó su muerte. El procedimiento
final era llevarlo al Puerto del abismo. Lo que ignoraba Julián era que el Puerto
del abismo nunca cierra.
.png)